Julio Enrique nace el dos de diciembre de 1948. Sus nombres derivan del de su padre Julio Oscar Brea Peguero y de su tío de línea materna, Luis Enrique Franco Anido, quien fue también su padrino de bautizo. Estudió la escuela primaria y secundaria en el Colegio De La Salle donde se graduó de bachiller con excelentes calificaciones en 1965.

En el Colegio llegó a ser el oficial superior de la Guardia Lasallista que comandaba el alumnado de secundaria en las paradas y desfiles del Colegio, tanto en las actividades intramuros, como en el exterior, en los días en que se conmemoraba las gestas patrias. Lo que revela ya su carácter de líder.

En 1965 llega a Florencia acompañado con toda la familia debido a la situación de Guerra civil en que se encontra el país. Se inscribe en la Facultad “Cesare Alfieri” de Ciencia Política de la Universidad de Florencia donde se gradúa en 1971, de Dr. en Ciencia Política, con los máximos honores, Summa Cum Laude, algo muy raro en una universidad italiana, y más aún, tratándose de un extranjero.

Su tesis doctoral analiza la contradictoria política internacional del presidente estadounidense, Thomas Woodrow Wilson quien, mientras mantiene una política agresiva e intervencionista hacía América Latina -bloquea los puertos de México en 1916, e invade a partir de 1915, las islas de las Antillas Mayores-; actúa con otro rasero frente a la naciones europeas. En 1918 expone sus famosos catorce puntos para asegurar la paz en el mundo, participa en la Conferencia de Paz de París y es galardonado con el premio Nobel de la Paz en 1919, como impulsor de la Sociedad de las Naciones.

En 1973, con su hermano Luis, fundan el Centro Cultural Dominicano, como un proyecto cultural que busca fomentar el desarrollo de la cultura dominicana y difundir los adelantos de los más avanzados protagonistas de la cultura occidental. El Centro comprende una librería con cafetería, un espacio para la lectura y un gran salón multiuso para celebrar cursos, seminarios, exposiciones o ciclos de conferencias. Paradigmático fue el ciclo de tres conferencias magistrales dictadas por Pedro Mir, en ocasión de la muerte de Pablo Neruda y el golpe militar de Pinochet, en Chile.

Fue durante ese período, el más creativo y positivo de su juventud, rico además, por las nuevas y valiosas posibilidades que se le presentan, que Julio Enrique conoce a Margarita Pérez Isastia, quien será, de ahí en adelante, su fiel compañera, su confidente y su cómplice en todas las empresas que se les ocurre emprender.
Margie fue la esposa y la amiga que a todo lo que él decide dedicarse, le brinda su apoyo, de manera que todo tenga un toque de belleza, de amor, de relax, de comodidad, asumiendo para sí el papel de defensora de la paz hogareña, para que todos en el hogar experimenten que la vida cotidiana transcurre como el plácido despliegue de un gran río caudaloso que reposa en la serenidad y seguridad que le otorga la plenitud de sus fuerzas.
Se casan el 27 de junio de 1974, y el matrimonio viene bendecido con cuatro seres humanos excelentes forjados desde el ejemplo de vida y el cuidado amoroso que le brindan sus padres. Así nacen, María Rosa, el 4 de abril de 1975; Julio Eloy, el 3 de abril de 1978; Teresa Margarita, el 4 de mayo de 1979 y el benjamín de la casa, Jorge Enrique, el 1 de diciembre de 1984.

El centro cultural resultó demasiado adelantado para el momento que vivía el país bajo el régimen represivo de Joaquín Balaguer durante el período de los doce años. Además, los hermanos Brea Franco desarrollaron en Radio Televisión Dominicana un programa televisivo, Actualidad del Saber, en que presentan novedades bibliográficas y entrevistas a autores dominicanos que se extiende por algo más de un año.
Al final, convencidos de que el nivel cultural del país no vale el esfuerzo de mantener en operación la mencionada institución, deciden liquidarla y, a partir de ese momento, ambos ingresan como catedráticos en el mundo académico.

Julio Enrique profesa en varias universidades, entre las que se cuentan la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña (UNPHU) y el Instituto Tecnológico de Santo Domingo (INTEC). En esta última universidad es, por varios años, Decano de Ciencias Sociales.

Posteriormente, propone y desarrolla, en la UNPHU, una exitosa maestría dirigida a capacitar, con los instrumentos de las ciencias políticas, al liderazgo emergente de los diferentes partidos tradicionales de la democracia dominicana: Reformista, PRD y PLD. Hoy muchos de los egresados de ese programa son lideres del partido de gobierno y de la oposición parlamentaria dominicana.

En los años ochenta, por más de un decenio, es orientador público desde diversas columnas de opinión de diferentes periódicos nacionales.

Julio Enrique desde ésta tribuna ejerce el papel de un verdadero maestro y formador de la opinión pública en lo relativo a asuntos éticos, políticos, constitucionales y electorales. es por esos años que también ingresa a trabajar como técnico asesor de asuntos electorales en la Junta Central Electoral (JCE).

Pero su gran aporte al Sistema Electoral Dominicano lo realiza cuando en 1992 asume las funciones del recién creado cargo de Director de Elecciones. Desde ese puesto, ejecuta una tarea gigantesca de organización operativa del proceso electoral dominicano.

Elabora todos los instructivos de cada uno de los procesos que tiene que ver con la planificación de las elecciones. Prepara cronogramas minuciosos divididos por tareas a cumplir, produce personalmente todos los reglamentos de cada uno de los procesos que se prevén en cada torneo electoral, como por ejemplo, para citar sólo uno, el del voto observado, procesa paso por paso el protocolo que debe seguirse desde la emisión del voto hasta la adjudicación del mismo al partido o la lista que correspondiera.

Su hermano Luis, incitado por él, presenta en 1993, un proyecto de instrucción electoral del personal que debe trabajar en las mesas electorales. El proyecto aprobado por el BID, lo asume la JCE y desde entonces se realiza la instrucción previa del personal que han de trabajar en las mesas electorales o colegios electorales.
En la actualidad, todo el material producido por Julio Enrique para transparentar los procesos sucesivos en la administración electoral dominicana se encuentran aún vigentes.

Habría que resaltar que esta labor de documentación del proceso electoral dominicano, que asume una dimensión titánica, fue realizada por él mientras día a día cumplía con la complicada agenda política y de orientación de su personal, robando horas a su familia y a su descanso físico y psicológico. Lo hizo como se dedica a todo lo que emprende, con un incontenible entusiasmo, con una pasión que anula de su existencia la presencia de todo los demás.

Julio Enrique escribe varios libros sobre diversos temas de su especialización y múltiples textos para sus cursos universitarios. Quería que sus estudiantes pudieran contar con un documento básico para orientarlos en los primeros pasos formativos de una nueva materia.

Dos de tales obras fueron premiadas. Una fue galardonada, con el que era en ese momento el más prestigioso laurel literario de los años ochenta, el Premio Siboney de Ensayo entregado por una institución privada, que reconoce el gran valor nacional de su libro Introducción al Proceso Electoral Dominicano (1984).

El otro lo ha recibido un año antes, en 1983. En este caso se trata del acreditado Premio Nacional de Didáctica, otorgado por la Secretaría de Estado de Educación. El libro reconocido es Sistema Constitucional Dominicano, editado en dos volúmenes. Ese texto viene establecido como libro básico de la asignatura, Derecho Constitucional Dominicano, en todo el sistema universitario nacional, es decir, en todas las universidades del país.

A nosotros, sus familiares y amigos, nos deja el vigoroso legado de su vida ejemplar, honesta, responsable, valiente, sustentada en una humanidad rebosante de madurez, comprensión, plena de una pasión desmedida por todo lo positivo, bueno, sano y excelente que ofrece la vida humana, dotado con una personalidad firme e intransigente cuando se trata de asuntos de principios, sin embargo matiza esta rispidez con sinceras pinceladas de buen humor, fruto amable de su espíritu jovial y de su saludable personalidad.

Julio Enrique exhibe también, como virtud innata, un pegajoso gracejo caribeño que se revela en cada momento de su vida, lo que aleja de su vida todo elemento de vacuo formulismo. Para él la vida es un fiesta que va celebrada en todo momento.

Los trazos determinantes de su personalidad y los hechos de su vida, nos ayudarán a matizar el dolor que nos produce su partida, sobre todo en estos tristes momentos en que comenzamos a sentir la sombra de su ausencia.

Su recuerdo ha de volver íntegro a nosotros, aunque sea desde la lejanía y la frialdad de la remembranza, y nos ayudará a recrear su presencia y nos permitirá reconfortarnos en su alegría, en su amor por la existencia, por su afán de saber y enseñar, lo que al final, esperamos, nos proveerá de la fortaleza necesaria para seguir viviendo sin él presente; pero siempre vivo entre nosotros, siempre motivándonos a amar lo que hacemos y lo que hemos decidido ser desde una gran autenticidad, entusiasmándonos desde la gracia de su alegría contagiosa que ha de iluminar nuestros días por venir.

Solón, el gran legislador ateniense, en un fragmento de su escritura que ha llegado desde los milenios del pasado hasta nosotros, establece un criterio para medir la grandeza humana desde la manifestación de la muerte.
Para este sabio, grande es el ser humano que al morir deja en sus deudos mucho dolor y llanto, pues esto es indicio de que en su vida ha trazado huella profunda. Julio Enrique pasa la prueba de Solón, pues deja en nosotros y en nuestro país, profundo rastro y hondo dolor.

Julio Enrique se encuentra hoy en la cumbre oculta de la vida y como enseña Goethe, “en todas las cumbres –de la vida- es la paz”. Por ello desde la más alta elevación del estado de la Florida venimos a despedirlo y a conmemorarlo en esta fiesta de la paz.

A nosotros sus deudos, plenos de dolor en este momento, sólo nos queda aspirar a que Julio Enrique alcance la paz en sus restos y que la luz permanezca por siempre en su espíritu.

Escrito por: Luis Oscar Brea Franco